* Palabras pregrabadas horas antes de su muerte, último mensaje público para todos los colombianos, testimonio de extraordinaria importancia, transmitido por RCN radio a todo el país el viernes Santo, 29 de marzo de 2002. )
Del Evangelio según San Marcos, en el Capítulo 15, Versículo 34 y siguientes:
Al llegar el medio día, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde y a la media tarde Jesús clamó con voz potente: "eloí, eloí ¿lamá sabactani? que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?" Algunos de los presentes al oírlo decían: Mira, está llamando a Elías. Y uno echó a correr y empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le daba de beber diciendo: Dejad a ver si viene Elías a bajadlo.
Palabra del Señor.
El ambiente de tinieblas en pleno medio día sobre el monte Calvario, no es tanto la oscuridad de un día tempestuoso, como el símbolo de la tristeza mortal, que consume al universo creado, porque el hombre pretende darle muerte a su Dios.
Y hacia las tres de la tarde, Jesús pronuncia unas palabras en lengua Aramea, que aunque materialmente son el comienzo del Salmo 22, que describe la muerte del justo, en realidad expresan lo más hondo a donde Jesucristo llegó en el sufrimiento de su pasión para salvar a la humanidad.
Jesucristo verdaderamente quiso experimentar y experimentó, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, el abandono de Dios Padre, es decir, el Infierno. Pues Él cargó sobre sí nuestros pecados como había predicho el profeta Isaías. Dios descargó sobre Él la culpa de todos nosotros, eran nuestras culpas las que Él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Y el apóstol San Pablo nos enseña que a Jesucristo, quien no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él.
Cristo nos rescató de la maldición de la ley haciéndose Él mismo maldición por nosotros. Jesucristo pues, llevó sobre sí los pecados de la humanidad y el castigo de ellos, a fin de redimirnos a todos borrándonos el pecado con el perdón y espiando por é, con el abandono de Dios. Porque Jesucristo verdaderamente tomó sobre sí los pecados de la humanidad, de todos los tiempos, por eso llevó también las consecuencias, la muerte y la más grave de todas, la ausencia de Dios, el sentir su rechazo, el sufrir la angustia de haberlo perdido, pero Él siendo el inocente, el hijo amadísimo que siempre es amado del padre y lo ama, tiene la esperanza. Por eso pregunta: ¿Por qué me has abandonado? Y espera la respuesta. Pero mientras espera, sufre la angustia infernal. De esta manera Jesús padece anticipadamente todas nuestras angustias y desconsuelos, nos libra de la desesperación, rescata para nosotros la esperanza y hace que la muerte no sea necesariamente definitiva para nosotros.
Con su entrega hasta el abandono de sí y el abandono del padre, aceptado por nosotros, ha espiado por nuestros pecados, nos ha librado del infierno con una sola condición: que tengamos fe y confianza en Él, esperemos en Él y lo amemos.
Después de haber sufrido el abandono del padre, los demás padecimientos, como el abandono de sus amigos, la huida de sus discípulos, la ingratitud de los beneficiados con los milagros, el odio de los jefes religiosos, la prepotencia de los gobernantes civiles, la traición de uno de sus apóstoles y la negación del primero de ellos, fueron tan sólo como una gota más en el océano de su dolor. Pero es una gota de amargura profundamente sensible, por cuanto en la realidad la ingratitud humana es una gravísima ofensa contra el Divino Salvador.
Jesús en el último momento de su existencia terrena, sufre la soledad. Si mira hacia arriba el cielo está cerrado, si mira a los lados los ladrones se desesperan y uno blasfema contra Él, si mira hacia abajo descuellan las burlas, las ofensas, los escarnios, las preguntas diabólicas. Sólo hay una persona que lo consuela hasta el final, Maria y a su sombra maternal, Juan, el discípulo amado. Ella y Juan a su lado brillan como luz en medio de las sombras. Cuánto ama Jesús a María y a los que se acercan a ella por la fe y el amor, la humildad y la pureza. Acerquémonos también nosotros por medio de la Virgen al corazón sufriente de nuestro Señor.
Jesucristo así crucificado, solo, abandonado, es el puente que une el cielo y la tierra, por eso se llama y es, nuestro Pontífice, perfectamente unido a Dios por su esencia divina y su voluntad obediente hasta la muerte y muerte de cruz; perfectamente unido con la humanidad, porque él participa de nuestra naturaleza humana, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, que es lo único que nos separa de Dios.
Dios en el plan divino de la salvación tenía dispuesto salvarnos por el sufrimiento de Cristo, por la entrega de amor total, la cual es hasta la muerte. Porque nadie tiene amor más grande que él que da la vida por sus amigos, Jesús ha manifestado el amor máximo al dar su vida por la gloria del padre y la salvación de sus hermanos.
Jesús en la cruz es el ejemplo supremo de la verdadera humanidad. El mejor en la humanidad es el que se sacrifica por los demás, los peores en la humanidad son los que sacrifican a los demás.
Hermanos, no crean en los que prometen felicidad pero se quedan lejos de los que sufren; los que prometen bienestar pero se aprovechan de los pobres y necesitados; no confíen en los que mienten, roban y matan. En cambio, los que son solidarios en el sufrimiento, merecen serlo en la prosperidad.
Jesucristo sigue padeciendo hasta el fin del mundo, nos dice Pascal. El crucificado del calvario, aunque al tercer día resucitó, sigue padeciendo en su cuerpo que es la Iglesia, que es la humanidad entera. Su resurrección lo ha sellado con la esperanza de la gloria venidera, pero no nos libró de nuestra parte de sufrimiento. Es por tanto indispensable que abramos los ojos físicos, los ojos del alma y los del corazón a la gente que sufre y al inmenso valor del sufrimiento humano.
Cuántas personas no disponen de las cosas necesarias para vivir: el empleo, el trabajo. A cuántos les falta el agua potable, la habitación, el vestido, la educación, la salud, un mínimo para el futuro. ¿Nos hemos puesto a pensar y a sentir la magnitud del sufrimiento que estas cifras implican para nuestro pueblo? ¿Hemos pensado en que nosotros, cada uno, cada familia puede ayudar en algo al prójimo? ¿Los que tienen más recursos que les ha dado la vida, han pensado que tienen una responsabilidad mayor ante Dios y ante la sociedad, para colaborar de tal manera que la vida sea menos adversa a muchos prójimos, a muchos compatriotas?
Hay niños y niñas; muchachos y jovencitas; ancianos y ancianas, familias enteras que se sienten abandonadas de Dios, pero Dios no los ha abandonado, sino que los ha dejado al cuidado de sus hermanos y éstos son irresponsables. Cada uno está llamado a considerar: ¿Soy yo un hermano irresponsable? ¿Soy como Caín, que cuando Dios le preguntó por su hermano, contestó: soy yo acaso el guarda de mi hermano?
En otras palabras, no es que Dios nos haya abandonado, sino que le hemos impedido su presencia entre nosotros. Hay tantas personas que en la vida viven sin esperanza, sin esperanza de progreso material, de educación, de formar una familia, de encontrar para ellos días de felicidad. Incluso muchos bautizados viven como gente sin esperanza porque se les ha dicho que pertenecen a un cuerpo solidario, pero no sienten la solidaridad y pierden la esperanza y viven en el mundo como paganos sin la presencia de Dios en sus vidas porque no hay quien se la muestre.
Si queremos honrar nuestra condición de seres humanos, si queremos llegar a la glorificación con Cristo en la vida eterna, estamos llamados a rechazar las actitudes de dureza e indiferencia con los demás. El verdadero Cristiano es el que de tal manera ama al prójimo que hace nacer en él la esperanza, la esperanza en la vida eterna, la esperanza en un mañana mejor. Esta vida eterna es un don de Dios que brota en los corazones de quienes siembran esperanza en sus prójimos por medio de actitudes de caridad fraterna.
En la situación presente de nuestra querida patria colombiana, es necesario preocuparnos por las realidades públicas, por el bien común, para que todos, en libertad y orden, disfruten de los bienes necesarios para vivir con dignidad. En una palabra, para que practicando la justicia con amor fraterno renazca la paz y florezca la esperanza.
Es indispensable queridos hermanos, reconocer a Dios como el principio del mundo y del hombre, fuente de la dignidad humana y de sus derechos y deberes, principio original de la autoridad, meta última de la humanidad y del cosmos. Es necesario volver a cultivar desde el hogar, en la escuela y en lo público, los valores que dignifican al ser humano y la convivencia pacífica, la verdad, la justicia, la solidaridad, la equidad, el amor, la gratitud, la humildad, la honradez, el servicio desinteresado, porque en estos valores se edifica el progreso verdaderamente humano de nuestra sociedad.
Es preciso que surjan hombres y mujeres responsables preocupados por el progreso personal y el bien de la comunidad, por ayudar a que de estas ruinas de nuestra patria surja de nuevo una Colombia gloriosa, en la cual haya una sociedad constituida por un tejido social sano, con dirigentes, honestos, inteligentes, sacrificados. Un estado fuerte, responsable, dedicado al bien común.
Pero queridos hermanos no es posible dejarle al Estado la solución de todos los problemas. Es toda la sociedad, todas las personas las que debemos colaborar para hacer salir a nuestra patria del espantoso túnel en que se encuentra acorralada. Por eso todos estamos llamados a colaborar ante todo lo que es más urgente e importante: la defensa de la vida y la dignidad humana, la libertad y la seguridad de las personas.
Dios nos creó para la felicidad, pero el pecado introdujo el mal en el mundo y con él el sufrimiento, que alcanza no sólo a los pecadores sino también a los justos. Cuando el sufrimiento es aceptado como pena del pecado, como camino de purificación, es capaz de llevar hacia Dios, purifica al ser humano, nos hace solidarios y si lo aceptamos unidos con Cristo sufriente, se convierte en instrumento de colaboración en la obra salvadora de la humanidad según la enseñanza del apóstol San Pablo.
Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo así en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo que en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
Queridos hermanos, acerquémonos a Cristo en esta tarde con inmensa fe. Asumamos el compromiso de amarlo y seguirlo, asumamos el compromiso de padecer con él y de ofrecer este sufrimiento, para que el Señor transforme nuestros corazones, nuestras familias y nuestra patria colombiana. Amén.